Abriste el cajón del armario. Te quedaste mirando la carta que te escribió antes de irse y, por un momento, la idea de volver a leerla se posa en tu mente. Te atrapa la blancura del papel, te pierden las palabras que él colocó al frente del sobre. Vuelves a sentirte abandonada, tienes la sensación de que vas a caer al hoyo que te hiciste si la lees otra vez. Piensas, piensas, piensas… es mejor cerrar aquél indigno cajón que guarda tan triste objeto.
Bailas en la sala, mueves los brazos despacio, las manos, los dedos. Das vueltas mirando la lámpara del techo. Ahora te miras en el espejo, bailas como si no estuvieras a solas, pues das las gracias al espectador invisible de tu espectáculo y lo recuerdas. Antes, cuando aún no decidía marcharse, tú bailabas para él. Él, sonreía ahí, sentado en el sillón verde que era el favorito de los dos. Te aplaudía sin dejar de mirar tus pies, aquellos diminutos y pálidos pies que muchas veces acarició. Cuando se acababa la música, lo besabas.
Te sientas en el piso y admiras la soledad que dejó por todos lados: piensas en la compañía que le dará a otra casa. Miras el sillón y vuelves a inventar la historia. Te lanzas sobre él e intentas dormir para olvidar que estás en donde él algún día estuvo. Cierras los ojos con fuerza pero una mancha te obliga a mirar. Es café, el café que se derramó la segunda vez que él te visitó, el día en que no pudiste más y lo abrazaste tan fuerte que tiró el café caliente sobre el sillón. Es por eso que este era su favorito.
Ya no quieres dormir. Te levantas y viene a tu cabeza que olvidaste poner en orden tu agenda. Vas a borrar sus números, sus domicilios, sus correos electrónicos, sus contraseñas, la lista de los pendientes que realizarían juntos. Vuelves a abrir el cajón para buscar la agenda y la carta sigue ahí, quietecita, pura, simple, desgraciada. ¿La volverás a abrir? ¿Serás capaz de dejar escapar por toda tu casa, la tristeza que despide? No la abres, pero piensas que si la tienes junto a ti, te dará tranquilidad y estará segura de tus arrebatos. La tomas con delicadeza y la guardas en el bolsillo de tu swetter.
Al fin terminas de borrar tu agenda: de una libreta de cien hojas, eliminas las setenta que te hablaban de él. Mutilada, tu libretita vuelve a su lugar. Queda frágil, herida, empequeñecida, como tú.
Te tiras en la cama y ya no hay nada. Todo ya lo hiciste: le mandaste las fotografías que olvidó, tiraste su cepillo de dientes después de cepillarte con él por última vez, limpiaste el refrigerador de notas rosas y muñequitos que decían “te amo”, te comiste la comida que dejó en tu despensa, borraste las fotografías digitales y los 582 correos que intercambiaron, quemaste las notas que te escribió y los souvenirs baratos que te dio, lavaste toda tu ropa y las sábanas en donde durmió para que nada te recordara su olor… hoy limpiaste tu agenda de sus datos y mañana se llevarán el sillón verde.
Ya se hizo tarde. Corres por la casa buscando las llaves, pero no las encuentras. Te detienes en medio de la casa y examinas todo. La puerta abierta de tu recámara te permite ver las llaves colgadas en un clavo. Ahí están. Las tomas y casi das la vuelta, pero recuerdas que falta quitar el clavo. Es el mismo en donde él colgaba su guitarra. Corres por tu casa para conseguir una herramienta “quita clavos”, pero no hay tal. Tendrás que sacarlo cuando regreses de tu reunión.
Cuando vuelves, logras quitar el clavo de la pared y crees que con eso, se terminará ese sentimiento. Como no lo consigues, corres a escribir todo, tal vez así te sientas liberada de tal situación. Lo escribes, pero aún extrañas el tiempo en que él estaba. Lloras y te acuerdas que la última carta, está guardada en tu swetter.
“La casa está vacía”, repetiste frente a tu reflejo. Ya no está, no va a estar más. Te das cuenta de que podrías destruir la carta, arrancar el clavo, e incluso, derrumbar la casa y, aún con todo esto, no dejarías de extrañarlo. Vuelves a caer.

Me gusta mucho cómo escribes...te admiro. Esta historia en especial, es triste, refleja soledad, sin embargo es muy bella.